chulorey
|
Escuela primaria
|

un cuento policial corto

  • Respuesta verificada

    1

    ignacio_m

    Era el cumpleaños de Ernestina y nadie se lo quería perder. Así que ahí estaban Flor, Lucía, Santi, Justo, Amanda y Rubén. La fiesta era en lo de Ernestina, una casa preciosa, que, sin ser una mansión, no dejaba de llamar la atención a cualquiera que la veía desde la calle. Ahí mismo había nacido Ernestina y vivido su infancia y su juventud, hasta que se casó. Después de su divorcio, volvió al hogar. Al poco tiempo, murió su madre –su padre había muerto cuando era chica. La casa quedó para ella. Débora, su hermana menor, estuvo de acuerdo. Fue Débora, precisamente, quien recibió a los invitados al cumpleaños. La idea era hacer un festejo íntimo, solo con los más cercanos. De todos modos, a Ernestina le gustaba “hacer las cosas como corresponde”, como solía decir. En este caso, se trataba de que todos los invitados fueran vestidos de gala. Así se hizo. Si alguien hubiera entrado de improviso en medio de la reunión, habría pensado que aquello era una fiesta de disfraces. A pesar de la elegancia de los invitados y el buen gusto de Ernestina para la decoración, todo tenía un aire un tanto ridículo. Después de la cena, pasaron a una salita. Sentados en cómodos sillones, y mientras esperaban el momento de que la cumpleañera soplara las velitas del pastel, todos se pusieron a rememorar viejas épocas. Débora recordó algunas travesuras de su infancia, entre ellas, una vez que escondió el collar de la abuela. —Ese que veo que tienes puesto, Tina—dijo Débora, riendo. —Sí, Debbie, el mismo que decora mi cuello. —Y agregó, mientras se sacaba el colgante y lo colocaba en la mesilla—: cuando éramos pequeñas, pensábamos que este collar era una joya de valor exorbitante. Después supimos la verdad: son piedras baratas. Eso sí, muy bien pulidas. Pero el valor afectivo supera el dinero que se pagaría si tuviera diamantes o rubíes. La conversación continuó un buen rato. Por momentos, uno o dos de los invitados salían a airearse un poco, ya sea al jardín, a otra habitación de la casa o al baño. Allí estaban, yendo y viniendo. De repente, se cortó la luz. Algunos pensaron que traían el bendito pastel con las velitas, y empezaron a entonar el “Feliz cumpleaños”. Sin embargo, el pastel no aparecía. En cambio, sí aparecieron algunas velas: las que Débora trajo para iluminar la sala. Algo que no tenía mucho sentido, porque enseguida todos encendieron sus celulares en modo linterna. Evidentemente, el corte se debía a un desperfecto eléctrico. Justo cuando Ernestina iba a llamar a la compañía eléctrica para quejarse, volvió la luz. —Bueno, ahora, por las dudas, no apaguemos la luz cuando traigan el pastel —comentó alguien, queriendo hacer un comentario gracioso. —¡El collar! ¿Dónde está el collar? —gritó Ernestina—. Hace cinco minutos estaba aquí, en esta mesa y ahora ha desaparecido. —No puede ser —dijo Débora—. Todos nos conocemos, no somos ladrones. Además, ¿a quién le puede interesar esa baratija? Un silencio sepulcral se hizo entre los presentes. Nadie sabía bien qué hacer ni qué decir. —Tina, disculpa, pero se nos hizo tarde y Flor y yo nos tenemos que ir… —balbuceó Lucía. —¡De acá no se va nadie! —exclamó Ernestina—. Primero, que aparezca el collar. En eso, sonó el timbre. Era un empleado de la empresa encargada de la seguridad de la casa. Por algún motivo, se había activado la alarma y el empleado venía a verificar que todo estuviera en orden. —Juan Carlos, ¡qué sorpresa! —lo saludó Ernestina—. No sé por qué se habrá encendido la alarma, pero, ya que vino, quédese. Voy a requerir sus servicios... —Por favor, señora Ernestina. Dígame en qué puedo ayudarla. Ernestina le contó entonces lo sucedido con el collar. Juan Carlos Segurola había trabajado durante años como detective. Aunque ya retirado de la actividad, no había olvidado su oficio y conservaba intacto su “olfato” de investigador. —Les presento al detective Segurola —dijo Ernestina a sus amigos. Él nos va a ayudar a resolver “nuestro problema”. Segurola se paró en una esquina de la sala, frente a una mesa y saludó cortésmente a los presentes. Luego, les pidió a Débora y Ernestina que fueran a buscar los abrigos, los bolsos y las carteras de todos, que habían quedado en la recepción. Las hermanas trajeron las pertenencias solicitadas. Segurola, entonces, les pidió a los invitados que cada uno tomara su abrigo, cartera o bolso y se lo mostraran para que él pudiera examinarlos. Sin mucho entusiasmo, pero también sin otra alternativa, los presentes obedecieron. Hubo quien se quejó de lo que consideraba una invasión a la privacidad y amagó a negarse a exhibir el interior de su bolso. —¿Prefieren que llame a la policía? —dijo Débora, ante ese conato de rebelión. —No, no hace falta que la llames, pero por lo menos llama a alguien que limpie bien tu casa, ya que tú no lo haces —le contestó furiosa Amanda, mientras le mostraba su abrigo, cubierto de polvo en la parte de abajo. —¡Mira cómo quedó mi tapado! Estaba impecable —agregó. —Debe ser que tocó la pared de la recepción que, desde hace unos días, tiene un poco de humedad —explicó Débora. El examen de Segurola arrojó resultado negativo: el collar no estaba en ninguna de las prendas y accesorios de los –ahora– ex amigos de Ernestina. —No puede ser, no puede haberse evaporado el collar —dijo Débora, agitando los brazos nerviosa, sin percatarse, al hacerlo, de que dejaba al descubierto sus manos, llenas de polvo. —Ay, Debbie, tienes las manos todas sucias… —musitó Ernestina. —Disculpe, señorita Débora, déjeme ver sus manos —intervino Segurola. Con desconfianza, Débora obedeció. Segurola procedió al examen, y notó que algunos dedos de la mano izquierda tenían pequeños restos de pintura azul. —¿Qué es esto? —preguntó Segurola—. Enseguida, le pidió a Amanda que le mostrara nuevamente su abrigo. No había duda: en los dos casos, los restos pertenecían al mismo material. El veterano detective tomó el abrigo de Amanda, se levantó y, rápidamente, se dirigió a la recepción. No le llevó mucho tiempo encontrar la mancha de humedad, apenas disimulada por una silla. Se inclinó y descubrió una pequeña ranura en el zócalo. Con poco esfuerzo, logró sacar remover una parte del zócalo. Detrás, había una hendidura y, en ella, estaba el collar. —Me parece, señora Ernestina, que usted le debe unas disculpas a sus invitados y una extensa charla a su hermana. Los ojos de Ernestina miraban fríamente a Débora. Esta expelió el odio acumulado durante largos años: —Tú te quedaste con la casa… con papá, con mamá… hasta con mi novio, con el que te casaste solo para fastidiarme… Yo quiero que sufras un poquito nada más un poquito de todo lo que me hiciste sufrir. Huelga decir que Ernestina se deshizo en disculpas con sus invitados y que, contra el consejo de Segurola, desde aquel día nunca más volvió a hablar con su hermana.

    Más cuentos:

    Gracias

    Marcada como correcta

¿Todavía tienes más preguntas?